Fotografía: Alejandro Ortega Neri
ROMEO MARTÍNEZ
Hola. Vengo a dar testimonio sobre Uriel Martínez, el poeta zacatecano de Tepetongo. Fui su amigo durante varios años y, especialmente durante la pandemia, fortalecimos mucho nuestra amistad.
En aquellos meses, y también durante la última etapa de su vida, Uriel iba prácticamente todos los días a desayunar o a comer conmigo. Lo invitábamos, le preparábamos comida, le servíamos café, aunque siempre terminaba quejándose del café, porque Uriel era un hombre que no tenía filtros ni se callaba nada por nadie.
Estar con él era muy divertido. Constantemente hablaba de cultura, poesía, literatura, cine y música. Era un apasionado de todos esos temas y sabía muchísimo. Era un intelectual, una persona muy culta, siempre tenía un tema interesante de conversación y siempre compartía datos que sorprendían.
Además, era muy divertido. Decía groserías, hacía bromas, hablaba mal de mí, de quienes estuvieran sentados en la mesa y también de las personas con las que había tenido guerra. Mantuvo una relación complicada con algunos funcionarios del Instituto, quienes llegaron a cerrarle puertas precisamente porque no tenía tapujos para decir lo que pensaba.
Uriel era un hombre de resistencia. No era condescendiente con nadie y mucho menos con quienes ocupaban puestos directivos. Hubo personas que no querían verlo porque se peleaba con ellas o les decía las cosas de frente. Él no se agachaba ni andaba pidiendo favores, pero justamente ese perfil no siempre encajaba con lo que ciertas instituciones buscaban.
Se quejaba mucho de eso y hablaba de quienes le habían cerrado espacios. También se dedicaba a vender libros y era un excelente librero. Quizá no siempre le iba bien económicamente, pero conocía los libros como pocos. Solía contar que Esther Cárdenas le había cerrado puertas y que lo tenía vetado.
Decía que no le daban lugar en algunas ferias del libro y siempre le pareció injusto que hubiera personas con el poder de decidir quién podía participar y quién no. Estuvo peleado con esa lógica toda su vida. Para él, la cultura debía ser accesible para todos y nadie tendría que depender de simpatías personales para formar parte de ella.
Hacía mucho énfasis en eso. Decía que la escuela que había vivido en la Ciudad de México le enseñó precisamente esa idea: que los espacios culturales son de todos, no de unos cuantos intelectuales, sino de todos y para todos.
Durante los años que pasó en la Ciudad de México aprendió una especie de escuela de guerra, de la calle, del día a día, de la resistencia cotidiana. Eso marcó profundamente su manera de entender el mundo.
Siempre sorprendía descubrir que tenía libros dedicados por José Emilio Pacheco, Juan Villoro y otros escritores importantes de su generación. Se juntaba con la crema literaria. Sacaba alguno de sus ejemplares y decía: “Este me lo dedicó José Emilio Pacheco”. Su biblioteca estaba llena de joyas firmadas.
Era un gran coleccionista de libros raros y antiguos. Para mí, eso lo hacía todavía más interesante.
Pero, además, Uriel se asumía como un lector de personas. Decía que observaba a la gente. Iba a los parques, a las plazas, al metro, a los camiones, a las paradas de autobús, y se sentaba a mirar.
Quienes han leído sus crónicas lo saben bien. Era un observador agudo y, muchas veces, despiadado. Describía a las personas tal como las veía, sin suavizar nada. Parecía capaz de meterse en el cerebro de los demás y retratarlos en pocas palabras, de manera precisa y cruda.
Así era también su humor. Tenía un humor negro, ácido, irreverente.
Durante la pandemia nos divertíamos mucho porque siempre llegaba quejándose de Hugo López-Gatell. Decía que no sabía leer poesía y que mejor debería dedicarse a ser stripper. Cuando algún chofer de la ruta 8 o de la ruta 9 no le hacía la parada, aseguraba que no lo querían subir porque se lo querían coger. Así era Uriel: irreverente hasta para explicar los pequeños incidentes de la vida cotidiana.
Sin embargo, también fue un hombre marcado por la soledad y por la precariedad.
Se apoyaba mucho en sus amigos y vecinos. Había mucha gente que lo cuidaba, que lo quería, que lo invitaba a comer y que disfrutaba de su compañía. Era una persona muy apreciada.
Tenía amigos en todos lados: desde albañiles hasta diputados. Siempre me sorprendió lo conocido que era en ciertos círculos. Lo respetaban por su inteligencia y por su cultura.
Era un hombre querido. Tenía enemigos, sí, pero creo que tenía muchos más amigos que enemigos. Quizá porque se permitía ser exactamente quien era. Nunca tuvo doble cara. Nunca actuó distinto según la persona que tuviera enfrente.
Uriel se mostraba tal como era: sincero, frontal y, a veces, grosero. Su sinceridad podía convertirse en una grosería, pero quienes lo queríamos entendíamos que esa era parte de su naturaleza.
A mí siempre me decía de todo. Siempre me estaba pendejeando.
Recuerdo una vez que estuvo a punto de provocar una pelea en un café. Un señor mayor comentó que quería vivir doscientos años más y Uriel le respondió:
—¿No te cansas, cabrón? ¿No te cansas de estar vivo? Tú y yo ya deberíamos estar muertos.
El hombre se molestó tanto que casi le avienta una silla.
Pero así era Uriel. Vivía siendo exactamente quien era y no le importaba demasiado lo que los demás pensaran.
También creo que mucho de ese carácter venía de la homofobia que tuvo que enfrentar. Esa experiencia lo forjó. Le dio una actitud de resistencia permanente. Era como si hubiera decidido que jamás volvería a callarse, que nunca dejaría de decir quién era ni a quién amaba.
Porque Uriel era también un eterno enamorado.
Siempre estaba enamorado de alguien. Amaba profundamente a las personas y constantemente encontraba motivos para enamorarse. Claro que eso también le provocaba dolor cuando no era correspondido. Entonces se achicopalaba un poco.
Pero creo que vivió feliz.
Sobre todo, vivió libre.
Llevaba su dignidad a todas partes. No permitía que nadie lo hiciera sentir menos ni que lo trataran con desprecio. Era un hombre profundamente digno.
Vivió bajo sus propias reglas y murió bajo sus propias reglas.
Yo lo admiré mucho. Lamenté profundamente su fallecimiento, pero siempre he estado agradecido por su vida, por su amistad y por todo lo que me enseñó.
Me hizo reír muchísimo. Me enseñó muchas cosas. Y ojalá más personas se animen a leerlo.
Su obra también está llena de humor, de inteligencia y de observación. Ahí están sus textos, su blog, sus Lavaderos, donde registraba la vida cotidiana, lo que veía en la calle, lo que percibía de las personas y de la ciudad.
La pandemia le afectó mucho. Aunque estuve con él siempre en pandemia. Si ya era una persona solitaria, el aislamiento volvió todavía más difícil la convivencia con los amigos, su familia, a quienes quería ver y con quienes disfrutaba conversar.
Aunque yo estuve cerca de él durante ese tiempo, sé que extrañaba mucho a los demás. Quería reunirse, platicar, encontrarse con la gente. Pero eran tiempos difíciles para todos.
Esos fueron sus últimos años.
Y aun así, cuando pienso en él, pienso en un hombre libre y profundamente divertido.
Yo creo que vivió feliz.
Yo creo que tuvo una buena vida.