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Yo me detengo de entrar a esa habitación
(…)
Yo tengo miedo de entrar a esa habitación.
— Enjambre – Tras La Puerta
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
¿¡Por qué?! ¿¡Por qué tuve que casi declarar mi retiro definitivo de la escritura, si no ha mucho tiempo que vivía un joven de los de frenético producir?! —qué tonto hacer alusión al inicio del Quijote, cuando ni mis escritos le llegan a los talones. Pero más tonto volver a mis pensamientos circulares de fracaso, de perdición. De algo llamado síndrome del impostor—.
Me siento como una bola de disco, girando y girando, y nunca parando. Nunca asentándose, nunca pisando suelo firme. Aunque algo he de decir: a partir de mañana se acabará el baile, el papaloteo. A ver qué hago después. Mientras tanto, a seguir bailando, improvisando, tropezando —créanme, eso hago todos los días—.
(…)
Pfff, ¿a quién engaño? Ese “a partir de mañana’’ es en realidad “cuando me den ganas de escribir’’. Realmente muy pocas veces en el año me nace hacer relatos, si les podemos llamar así, y no palabras que van directamente al caño. Palabras desechables, inútiles.
Quisiera decir que me propuse para este Año Nuevo escribir más, publicar más; dar inicio a la producción de mi susodicho libro. No es así. Hace tiempo no me propongo cumplir nada, porque la gente difícilmente cumple. En cambio, he dejado que la vida siguiera su curso, y que decidiera si me llevaba por caminos insospechados o a la gloria misma. Estoy creyendo que eligió la primera opción. Me paralizo, veo borroso. No veo el camino, y eso que uso lentes. Ya no me sirven, supongo. Ja.
(…)
Mis lentes son como las ventanas de un carro en plena tormenta. Empapadas de agua, pero sin limpiaparabrisas. Por algo no veo el camino. De todos modos, intentaré caminar. A pasos de bebé, a pasos de sonámbulo. La luz se fue, ¿a dónde voy ahora? ¿Permaneceré en este cuarto oscuro por siempre? No quiero. Alguien encienda la luz.
Se siente precioso contemplar la noche, pero después de un tiempo, esa cosa gris en el cielo se ríe de mí. Creo que se le hace gracioso brillar a mis espaldas, a sabiendas que eso es consecuencia del rayo de Sol. No entiendo a la Luna. Prefiero la luz, aunque muchas veces entre a esas cavernas platónicas. No es porque yo quiera, sino que algo extraordinario me empuja a entrar.
Yo sólo quiero renacer. Ser esa ave fénix, ser el fuego mismo; escribir de la evolución. Renáceme, vida. Te lo imploro. Renáceme, o renazco yo. Dame fuerzas para entrar a esa habitación, donde habita mi pasado, mi presente. No mi futuro, porque ese todavía no existe.
Ni siquiera el tuyo, que estás leyendo esto: ¿te has preguntado qué es el futuro? ¿No crees que es sólo un espejismo, un fraude? ¿Una incógnita, por lo menos? Porque yo sí lo hago. Me hago esas preguntas, pero nunca hallo respuestas. Es algo inefable, inexplicable. Indescifrable.
Así como hallar el renacimiento propio. Difícil.
Renáceme, repito. Puedo hacerlo yo, pero no sé cómo —¿o sí?—. Necesito encontrar una… una salida, como la que estoy viendo ahora mismo. Siempre ha estado ahí, pero me da miedo atravesarla.
(…)
Me costará mucho salir de esta cueva, me costará volver a hacer relatos bonitos. Me costará. Sí, me costará. Pero lo intentaré. El primer paso es reconocerse encerrado. Creo que todos estamos encerrados, en crisis. He visto que a muchos les ha dado por enclaustrarse, no tengo ni idea del porqué.
Creo que el mundo está frágil, sensible, doliente. Admiro mucho a la raza humana porque, a pesar de todo, siguen. Siguen como si nada pasara. Ojalá ser así de resiliente, de fuerte. Me falta mucho para llegar a ese nivel de fortaleza interna. No sé por qué me dicen que tengo un montón, si apenas tengo una pizca. Igual se agradece que me lo digan, me motivan a ser mejor.
Me volveré a levantar, más pronto de lo que creen. Dejaré de ser el elefante en la habitación, porque nadie a eso hace alusión. Seguiré quebrando mi voz, seguiré desnudándome al escribir; me desgarraré. Pero seré honesto, no me mentiré ni les mentiré.
No es “me comprometo a ser mejor’’. No. Es algo más monumental: me comprometo a renacer.
Renáceme, vida.
Renáceme, lo exijo.
Renáceme, que quiero comandar esta locomotora.
Y de paso, renácenos también. Que tanta falta nos hace.
Renáceme, porque aunque este mundo me duela, me deje tirado y en la incertidumbre…
Aún muero por vivir.
Déjame recuperarte tu voz y tu semblante
Aquel de la vida amante, al hombre y no al elefante.
— Enjambre – Hombre Elefante
(…)
Ya me voy.