Fotografía: Pascual Borzelli Iglesias
GONZALO LIZARDO
Para José de Jesús Sampedro, in memoriam
Si Sam no hubiera existido, seguro se lo hubiera inventado algún novelista o cineasta underground. Fácilmente lo imagino en una novela de John Updike, en una comedia de Woody Allen o una road movie de Robert Altman.
La película de Sam iniciaría en una cafetería de autopista, al lado de una gasolinera. Bebiendo té de manzanilla, Sam le hablaría a Dennis Hopper sobre la necesidad de releer a André Bretón, sobre la mala suerte del Liverpool en la Champions, o sobre los castos éxtasis que le inspira La novicia rebelde.
Dennis Hopper bebería en silencio su cerveza y examinaría un viejo reloj de bolsillo. Detrás de la barra, una bella mesera, interpretada por Audrey Hepburn, fumaría un cigarro y leería un ejemplar de Inverview.
Al verla de reojo, Sam soltaría un suspiro.
—Me encanta este lugar, me recuerda cuando tenía dieciséis —diría Sam, nostálgico de pronto—. ¿Sabes qué sería realmente hermoso? Ser un muchachito, de preferencia inmortal, repleto de futuro, vacío de culpas y de errores.
—Si fueras inmortal, olvidarías que tuviste dieciséis —lo interrumpiría Dennis Hopper, apurando su cerveza antes de pedir la cuenta—. Entre más se vive, más se olvida.
—No había considerado esa posibilidad —al presentir la proximidad de la mesera, Sam terminaría de un sorbo su manzanilla y limpiaría sus lentes —Debe haber otra alternativa. Por ejemplo, que recordáramos cada instante de nuestros años felices, y que olvidáramos por completo los años malos.
—Eso sería magnífico —les diría la mesera interpretada por Audrey Hepburn cuando les llevara la nota de consumo—. ¡No se imaginan cuánto me gustaría olvidar el último año de mi vida!
—Eso sería más trágico aún, amiga —respondería Dennis Hopper, depositando un billete sobre la mesa—. Si olvidaras lo que te duele nunca aprenderías a cuidarte. Y de pronto una noche, ante el espejo, te preguntarías en qué momento te llenaste de arrugas y por qué sientes reumas en el corazón. Tendrías un alma de niña atrapada en un cuerpo de anciana, y sin recordar las travesuras del camino.
—Por favor, no hables así delante de una dama. —Indignado, Sam se pondría de pie para inclinarse ante ella—. Discúlpelo, señorita, es un jovencito imberbe: no sabe de la lucha de clases, ni de los códigos caballerescos. Usted nunca envejecerá, señorita, usted siempre será bella como en mis recuerdos.
—No se preocupen —respondería Audrey Hepburn, halagada—: son muy divertidos cuando se pelean. Vuelvan pronto.
—Así será, señorita. Si mi corazón no perteneciera a Julie Andrews, se lo regalaría a usted, sin la menor duda.
Sonriendo con malicia, Dennis Hopper se adelantaría entonces para abordar su Mustang descapotable y esperar ahí a su amigo, quien se quedaría un rato más en la cafetería, hablando con la mesera sobre los poemas de Paul Èluard, o la antipsiquiatría de David Cooper, o la noche que no fue al concierto de Bob Dylan “porque no quería mirar a Dios a los ojos”.
Una vez al volante, Dennis Hooper encendería un Lucky Strike y pondría la radio para oír la hora y atrasar la fecha de su reloj de bolsillo. Un rato después, el locutor afirmaría que son las 3:33, y anunciaría “I’m a Believer”, el sencillo de The Monkees que ocupa el número uno de las listas: “Then I saw her face, now I’m a believer / I’m in love, I’m a believer”.
Sólo entonces, por el espejo retrovisor, Dennis Hooper vería acercarse a Audrey Hepburn, tomando por la mano a Sam.
—Aquí le encargo a este muchachito —le diría ella—. Cuídelo mucho, parece muy rudo pero tiene corazón de poeta.
—Lo sé, señorita —respondería Dennis Hooper antes de encender el motor y despedirse de ella con la mano—. ¡Hasta la vista, amiga!
—Me encanta esa canción, me encanta este lugar —diría luego Sam, convertido en un jóven de dieciséis años y pelo largo, con la marca de un beso en la mejilla—. ¿Y ahora a dónde vamos?
—¿No que ya conocías el Libro Tibetano de los Muertos? —preguntaría Dennis Hooper con cierta ironía—. Vamos a la ciudad donde siempre tendrás diecisés y donde nunca perderás a la gente que quieres. ¿Me lo crees?
Con una sonrisa de felicidad en su rostro, Sam le cantaría en respuesta, “Then I saw her face, now I’m a believer / I’m in love, I’m a believer”, y el Mustang se alejaría por la autopista hasta perderse en el horizonte.