SARA ANDRADE
A veces siento esta desconexión entre mi cuerpo y mi experiencia que me hace sentir como que no le estoy haciendo justicia a ninguno. Mi cuerpo está demasiado cansado. Me duelen las rodillas, los ojos se me secan. Tengo 32 años viviendo y la mitad de ellos los he pasado entre quirófanos y farmacias. En el siglo 15, quizá, habría vivido hasta los 5 años, edad a la que me operaron del apéndice. En el siglo 19, tal vez, habría vivido hasta los 23, edad en la que me diagnosticaron con tuberculosis por primera vez. Pero como tengo la fortuna de haber nacido en 1993, resulta que puedo perdurar dentro de los confines de mi cuerpo magullado y solamente sentir una desolación monumental cada mañana que despierto. No importa, me tomo un ibuprofeno, una fexofenadina, el metilfenidato, medio litro de café y un vaso de agua tibia y puedo andar 24 horas sin que el dolor me impida seguir funcionando en la maquinaria de la chamba perpetua.
Pero no solo eso. Resulta que la desconexión también se da en otros aspectos. Como cuando no me puedo acordar qué edad tengo. Me veo al espejo y veo a una mujer que oscila entre los 20 años y los 40, no porque precisamente tenga la edad entre esas dos cifras, sino porque realmente mi cara parece tender de un lado al otro; a veces suave y sonrosada, llena de colágeno, otras veces, llena de marcas de expresión, tirante y cansada. Mi cabello es todo negro, pero si muevo un mechón hacia arriba, veo las canas que se ocultan abajo. Oh. Soy una mujer. Es la crisis de los treinta. No voy a hacerme más joven. Este es el momento en que seré más joven, yo, frente a este espejo y cuando pierda a esa Sara de vista, jamás volveré a tenerla de vuelta.
Y, sin embargo, mi corazón se mantiene estático. Amo lo que he amado toda la vida. Amo escribir, amo la ciudad, amo comer comida crujiente que me hace doler las encías. Sigo con mis mismos afanes; me arrojo a la obsesión con gusto, me deleito en la tibieza del aprendizaje. Quisiera poder ser humo y hacer todo lo que hago sin que este caparazón insista en mostrarme mi mortalidad con cada resquebrajo. Mi corazón no comprende por qué no puedo ir al ritmo desenfrenado de sus latidos y yo no entiendo por qué, a diferencia de mis tobillos, mis deseos insisten en mantenerse siempre nuevos.
Me gustaría ser una magical girl. Tener 16 años perpetuamente y pesar lo mismo que un carrizo. Alzar la mano y transformarme en marinera del espacio. Darle vueltas a mi cetro de poder y sobrevolar la ciudad que yo protejo con la pureza de mi espíritu. Saber artes marciales sin entrenamiento, tener una mascota mágica y un guardarropa fantástico y siempre a la moda. Siento que si mi corazón pudiera personalizarse sería como Madoka o Sakura o Utena. Con el cabello de colores y esa persistencia nuestra casi desesperante por mantenernos fieles a nosotras mismas. Con moños de satín y esa tendencia nuestra a vivir las tragedias y los dolores con una sonrisa de niña; como diciendo, bueno ¿qué tiene? Mañana voy a despertar y voy a tener la oportunidad de hacerlo todo de nuevo.
Damos vueltas, entonces, como en una doble hélice, esas dos partes de mí misma. La Sara frente al espejo, con canas y 5 horas de sueño y más pendientes que pesos en el bolsillo, y la Sara dentro del espejo, la que siempre se siente como Sailor Moon en la punta del Tokyo Tower, a punto de derrotar a los villanos.
La cisma, quizá, solamente existe cuando dudo de mi capacidad de integrarlas en una sola motivación. La incorporación se da, entonces, cuando me creo que ellas dos son yo misma y que el hecho de estar aquí ya es un logro monumental, un mundo salvado.