Fotografía: Gonzalo Lizardo
RAFAEL SALINAS
“Hay palabras que circulan por un sistema neurálgico de olvido acumulado”, se lee en la portada de Fragata portuguesa, el último libro de poemas de Laura Elena González, y antes siquiera de abrirlo me vienen al oído las olas de mar y la arena. Lo que ocurre al pasear por las páginas del poemario es, sin embargo, algo curioso: incluso en lo superficial, notaremos que la poeta compone, con singular arquitectura, la figura de la carabela portuguesa, en una igualmente singular metamorfosis. Hay, sí, conexiones entre capítulos, palabras que nadan de poema en poema y forman una suerte de camino, como buscando entre ellas esa conexión, pero en cada apartado existe un cuerpo que tiene sus propias reglas respecto a los otros.
En el capítulo titulado “Abrázame en caso de incendio” tenemos un génesis. De la oscuridad de la caverna al fuego. E igualmente, con gracia y facilidad para invocar sensaciones: el fundir de los cuerpos, imágenes que evocan siempre a lo natural, ser uno con lo otro. Lo otro, en este caso, al mismo tiempo que lo erótico, en completa armonía con lo elemental: la hierba, el agua, la piedra, hasta que el límite entre uno y otro nos ase o “nos quema / nos dibuja / nos desdobla”. Lo que afirma la hija de Butades al terminar el apartado es lo mismo que podríamos decir de Laura Elena en su construcción poética del cuerpo, el espacio y el material. Todo esto lo “guardaba en su mirada para después instalar en su corazón y formar así un archivo, hecho de arcilla, que puntualmente entregaba a los arquitectos para que ellos lo colocaran a la vista de todos”.
En “Recuerdo magia”, el ritmo, el jazz y la rotación constante premian. Sigue lo natural, pero el encantamiento es otro: camino musical y ritualista de evocar el recuerdo en el ahora. Si en el primer apartado un par de manos se postra sobre el presente, en el segundo viene un zumbido de fuera a perforarlo. Persiste de cierta forma el deseo. El deseo es distancia y, en otros casos, la ausencia que prevalece a medida que las páginas avanzan: “me dijo / antes que lluvia / fue agua // y después / desapareció” o “Se apaga la luz del combate / asoma el eclipse a la mirada / temo a la inminencia de la muerte”, juicio ante el que la voz se tatúa un Udyat en la palma de la mano, forma poética de habitar la ausencia, controlarla o simplemente verla.
“En un circuito”, el tercer capítulo, es una especie de renacimiento que nos deja respirar de lo anterior. Las formas cambian y el tono se vuelve más curioso, lúdico. En este apartado se explora aún el deseo-deleite, ahora en lo digital. Digital refiriéndome tanto a lo que comprendemos mayormente como digital —la pantalla y el sistema— como a lo quimérico: el poema te dice que no es lo que es, sino lo que finge ser: una obra de teatro, una representación cómica. Pecando de anteponer mi experiencia personal, haciendo un salto a otra expresión artística, la sensación al enfrentarme a este apartado es similar, si bien no en cuanto a estética ni atmósfera, sí en estructura y recursos narrativos, a cuando uno se enfrenta a una película de Bi Gan y David Lynch. Hay, como en Mulholland Drive (2001) o Long Day’s Journey into Night (2018), una sentencia que resignifica la extrañeza de este apartado y funciona fundamentalmente como anagnórisis.
Finalmente, en “Fragata portuguesa”, Laura Elena ya nos advierte algo desde la definición que acompaña el título: “Mismas piezas, distintas formas”. Este apartado fue lo más cercano a lo que imaginé cuando tuve el libro entre mis manos. Si bien persisten los cambios de forma y ciertas ideas heredadas de los apartados anteriores, “Fragata portuguesa” invita a navegar y tocar tierra, llegar al punto final del viaje. Dos ideas permanecen en mí al terminar el capítulo, primero: “Nada es fijo, todo fluye. Un bullicio deslava la memoria de anteriores travesías”. También, precisamente, las palabras finales: “me ha crecido una burbuja-vela en la espalda que me ayuda a flotar, somos cada vez más jóvenes, estamos en fuga”.
Al cerrar el libro, despierto como asumiendo apenas el retorno de un viaje. El recuento es obnubilado. El cierre es efectivo por circular, y no traiciona nunca a lo que se construye desde los primeros versos. Una fragata portuguesa, con su particular azul, su neumatóforo y sus alargados tentáculos, supone la imagen perfecta para hablar sobre vida, muerte y amor, temas universalmente retratados en la literatura, pero, aquí, explorados con la madurez de una poeta que escribe armoniosamente con el corazón y la cabeza.