Despedida de la Europa Alejandrina
Europa, madre en ruinas, vestida de ceniza,
te canto en mi naufragio vuelto trizas, mi boca hecha brisa.
El vino romano me sostiene, la fiebre me acaricia,
soy sombra que no duerme, que a sí misma se pisa.
He roto los espejos, me evitan los reflejos,
mis huesos son columnas de templos ya muy viejos.
Los cuervos dan consejo, murmuran en mi oído,
que el verbo es un cuchillo aunque lo clave alguien herido.
No tengo dios ni patria, ni altar al que dar suplicios,
mi odio es un teatro que yo mismo critico.
El alma se me pudre, si escribo es por instinto,
a ver si así me salvo, o al menos, me extingo.
No brillan las estrellas, la brea es mi corona,
la noche trae la niebla, y el búho no perdona.
El cuerpo está cansado de hablarle a las paredes,
yo soy lo que dejaste, ¡el resto que se queme!.
Camino sin maleta, pero la tragedia a cuestas
mi voz es un atentado que los muertos manifiestan.
Con la bala martillada, la luna está vencida su puesta,
Europa, yo me marcho, aquí no encuentro vida ni respuestas.
***
Oración previa a la cacería
Gran Señor del Abismo,
A ti que llegamos arrastrados,
Con voz de servidumbre
y las manos llenas de sangre.
Esta forma de cubrir el cielo con flechas,
¿No fue acaso la de las lágrimas derramadas
Por madres que al parir perdieron a sus hijos?
Y sin embargo tu milagro llega.
Al comer cubrimos el pan con ceniza,
Al beber mezclamos vino y vinagre,
Al dormir, antes nos entregamos a la calma,
Suena el coro de insectos que pelean entre ellos.
¿Cómo no hallar motivo en la guerra?
¿Cómo no agradar al perseguir al enemigo?
Consumido por el combate,
el Gran Centauro de la deriva oscura,
al que los milagros perforan,
como lanzas rabiosas impregnadas de veneno,
alza el primer -y último- estandarte:
Que los cañones sean nuestra primera voz.
***
La ciudad y sus fantasmas
La ciudad me sigue mostrando tus pasos,
ese perfume de despedidas apresuradas,
tu andar acelerado porque te aburría la espera.
A veces creo verte en las esquinas,
pero siempre eres alguien más.
Alguien con la misma sombra,
con la misma tristeza en los ojos,
pero sin el arte de arruinarme la vida.
Me he convertido en un coleccionista de imposibles,
un archivista de lo que no sucedió.
Y entre tanto polvo y tanta memoria,
sigo sin encontrar el instante exacto
en el que empezaste a ser solo un fantasma.