ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Me gusta coleccionar diversos objetos: diablitos de nacimiento navideño, monedas antiguas, miniaturas, pipas y libros, no me precio de tener grandes acervos; una economía sólida, que no poseo, es indispensable para reunir un catálogo presumible, por eso más que coleccionista pienso que soy un acumulador. La verdad es que me gustan los objetos, fui el típico niño que juntaba piedritas en el cerro y siempre he sentido fascinación por descubrir los tesoros de otros, así un día encontré el cajón de las revistas de historietas obscenas de mi abuelo, el repositorio de las pelotas de beisbol de la primaria y la cajita con más de doscientas plumas que mamá guardaba desde hace años.
El objeto, cada uno de ellos, incluso los no fabricados por el ser humano, son depósitos simbólicos de subjetividad, sabemos que el capitalismo desarrolló en las personas la pasión por consumir, por comprar, almacenar, desechar y adquirir de forma constante y neurótica, pero aún antes de la cultura del desecho y de lo instantáneo, a los seres humanos nos ha gustado siempre cargar a las cosas de sensibilidad esotérica. Éste es el origen de las ofrendas, de los muñecos y de gran parte del arte clásico. Es muy humano el rodearse de cosas, fabricarlas, creerlas imprescindibles. Le entregamos la vida misma a la adquisición de propiedades y, aunque éste es un vicio nocivo, hay otra variante del amor al objeto, es que nos vinculamos con ellos al grado de convertirlos en proyecciones y en recipientes de nuestros anhelos, recuerdos e historias.
Recuerdo leer en ese maravilloso libro de Paul Auster, que es La invención de la soledad, que el personaje encontraba, en la casa de su recién fallecido padre, un abrelatas, lo toma en sus manos y lo observa y piensa en la soledad que ese artilugio le hace sentir ya sin la persona que lo usó, que lo inventó en su particular mundo cotidiano. Descubre a su padre en las cosas que fueron de su pertenencia, el objeto es disparador y pretexto para la memoria. Algo similar relata Charles Bukowsky en uno de sus libros, cuando acude a la casa familiar y comienza a vestir el uniforme militar y otras prendas de su papá, se observa en el espejo y en el instante en que su imagen es devuelta por la plancha de estaño él entiende los motivos de su progenitor, lo comprende al fin luego de una vida de choques e infortunios.
Este vínculo de los objetos con las personas y la memoria almacenada en la materia, que renueva el lazo paterno al reservar un rastro sensible de su presencia, es tema de una de las series artísticas de Luis Adán Nieto Sánchez, impresionante grabador y artista, cuya producción maravilla tanto por el proceder técnico como por el discurso o contenido que explora; en la mencionada serie titulada: Señas particulares/ Nomás los recuerdos quedan, Nieto parte de un hecho familiar fatídico y aborda la desaparición forzada de personas que tanto dolor ocasiona en numerosas familias en México, siendo él también víctima de este lastre explora la memoria y reconstruye el recuerdo a través de su propia corporeidad y de los objetos que guardan la presencia de la persona extrañada. En el grabado al aguafuerte y aguatinta “Tractor” lo que vemos es un fragmento de memoria fosilizada, vuelta fuerte acero que guarda partículas esenciales del que alguna vez lo tocó y en ese tacto se dejó a sí mismo entre la frialdad y la dureza de su física. Luego lo que observamos no es un tractor y basta, presenciamos el momento lumínico en el que un objeto se cosifica y luego el artista atrapa este acto transubstancial y nos lo presenta como “pieza de arte”, es decir, otro objeto cargado de emoción sagrada que ha de situarse en nuestros propios recuerdos y nuestras particulares vinculaciones mnemotécnicas y sentimentales.

Autor: Luis Adán Nieto Sánchez
Título: Tractor
Técnica: Grabado al aguafuerte y aguatinta
Medidas: 24×28 cm
Instagram y Facebook: @Luis Adan Nieto Sanchez