ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
El viaje del iniciado suele acompañarse del latido cardiaco que un avezado maestro dispone a través de la percusión de sus manos sobre la tensa piel de un tambor. Desde épocas arcaicas el sonido de los tambores representa lo más primigenio del origen humano: animación vitalicia y resurrección, el golpe seco y acompasado antecede todos los instrumentos, incluso a la voz. Por ello en la mayoría de sociedades, desde África hasta América, el sonido del tambor es la cimiente del ritmo, digamos que el ritmo encarna por el repique de la palma y el puño que chocan contra la superficie.
Los talones sobre la tierra, las palmas que chocan, el hueso contra la roca, el chorro de agua después de la zambullida, el animador de los desfiles, el ímpetu de la batalla, el punteo conector místico, la sensual danza de apareamiento, el desgarre iconoclasta, el paso de los bailarines de Estrasburgo, Ravel en su bolero, Elvin Jones sueña con las baquetas que pega a un bombo con la cabeza de Gene Krupa, en otra dimensión Tito Puente dialoga con un compás latino con Cristhian Vander. Del tambor ancestral a la batería eléctrica, la historia de la percusión representa para los seres humanos una primordial vinculación con la existencia, sus ejecutantes son artistas de una categoría suprema, más primordiales, más necesarios y por lo mismo: de una complejidad particular.
En la obra literaria Vatako (Editores Oblicuas, España, 2025) de Manuel R. Montes asistimos a un concierto de batería en cuatro tiempos: “Verso. Teúles”, “Coro. Tratado de la ilusión”, “Solo. En vivo”, “Outro. Redobles”. Prosa festiva en clave barroca, Montes pone en la cazuela expresiones de exquisita raigambre clásica del castellano, lo mismo que coloquialismos y registros populares del habla del mexicano y del zacatecano; la mezcla da como resultado una salsa espesa que a ratos es necesario releer para captarla, pero que siempre lleva implícito un sagaz sentido del humor, para muestra los siguientes fragmentos: “Un clan de bohemios que la iniciarían en el nomadismo mochilesco, en la indigencia vegetariana y en el arlequineo de semáforo”, (Montes, 2025, p. 84), “… y es que una trigueña de caireles, grupas de cántaro, talle y pechos inapelables lo secuestró en aquel pobrerío septentrional no más arrancamos la Monstrenca, y en lo boscoso se ahorcajaron, ella sobre una barda contra la que, parado, la embestía él, con el pantalonsuco resbalándosele al atenazarlo el espoleo de tacones”… Es inevitable en lo anterior no percibir cierto gusto del Siglo de Oro de la literatura española y al mismo tiempo reluce la voz de la literatura de La Onda mexicana de los años setenta. Lo que tampoco podemos ignorar es que estas líneas poseen un ritmo locuaz y vertiginoso que le queda perfecto a lo narrado, en la primera parte conocemos a Bernal Santur, alter ego del autor, y a sus compinches de banda, los vemos rolar por lugares familiares para quienes provengan del estado mexicano Zacatecas o “Zayro” como se le nombra en el texto y en el argot popular, disfruté encontrarme en la lectura en los municipios de: Apozol, Momax, Jalpa y en San Marcos, estado de Aguascalientes.
En los miembros de “Teúles” reconocemos en sus esfuerzos las peripecias de toda agrupación incipiente, incluso de toda alineación no musical, podrían ser incluso un equipo de beisbol: en la colectividad surgen las diferencias, los choques son inevitables, siempre aparece algún político que pretende beneficiarse del trabajo ajeno, la policía al acecho, preparados para dar la mordida, las carreteras desahuciadas, los foros vacíos o llenos de espectadores inconformes, las grupies y el arribo a la gran Ciudad de México, centro neurálgico de nuestra vida cultural centralizada, en donde es posible codearse con el jet set de la música, pero donde además es dable descubrirlos hipócritas y vacuos, entregados a los caprichos de la industria. Esta primera parte resonará en todos los lectores que, músicos o no, han emprendido la aventura de abrirse campo en el ambiente cultural mexicano y saben de sus glorias y dificultades.
“Tratado de la ilusión” presenta a Bernal Santur luchando por conquistar los lupanares rockeros en los Estados Unidos, aquí el barroquismo de su prosa se vuelca hacia un terreno harto fértil: el spanglish, confronta al lector con una hibridación léxica de la que hay que estar atentos, pues es el bilingüismo el que da la personalidad y el carácter a las atmósferas por las que se mueven los personajes; el narrador nos transporta a calles desoladas, frías, a lugares tétricos donde la humareda turbia de la droga devela una juventud mórbida y apática, tan distintos a los muchachos que conocemos en la primera parte de la obra.
En el capítulo tres “Solo. En vivo”, Bernal se descubre solo entre la multitud, conoce su capacidad y su talento, y ante el poder de su nave sonora diserta para sí mismo: “No sientes ya, o apenas, las baquetas. Ni el escozor que su áspero roce infringía. Pesan con levedad, como naturales ramificaciones de las manos. Cartílagos de ave. La contención respiratoria que oprime la tráquea cuando anticipas otro redoble, al consumarlo sin errar, se desarticula” (Montes, 2025, p.209), el mago reflexiona acerca de su arte mientras apresura la pócima sobre la lívida durmiente a la que ha de traer al mundo rediviva.
La cuarta y última parte de esta obra es “Outro. Redoles” para mí se trata de una colección de poemas visuales, en ellos Montes distribuye los versos sobre figuras que representan los elementos de una batería, de esta manera nos permite realizar una lectura combinada, es decir: las posibilidades de su lectura son abiertas y casi ilimitadas.
Vatako es la obra de un escritor experimentado que conoce y usa el lenguaje con singular maestría, esta pericia en el oficio lo devela, además, como músico también maduro, choca la baqueta contra la tarola con singular maestría, lo que escribe suena y lo que registramos como sonido lo encontramos también como palabra, como él mismo lo escribe en la página 192: “Languaje is poison”. Dispongamos pues las venas para que este veneno de la literatura y el rock entren en nuestro cuerpo y alma, cerremos los ojos y bajemos al inframundo al ritmo de estos tambores.

Montes R., Manuel, Vatako, Ediciones Oblicuas, España, 2025