Fotografía extraída de FB: @Lázaro Izael
ANA GUERRA
Hay libros que llegan para recordarnos que el cuerpo no es sólo una superficie donde ocurre la vida, sino el lugar donde se disputa. Crianza natural, de Lázaro Izael —obra ganadora del Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2025— se inserta justamente en esa zona donde el cuerpo deja de ser metáfora y vuelve a ser territorio: un borde vulnerable, un espacio de tensión donde lo íntimo y lo político se enlazan sin pedir permiso.
El fallo del jurado, anunciado el 24 de noviembre en la Rectoría de la Universidad Autónoma de Zacatecas, subraya la habilidad del autor para entrelazar misticismo, violencia y ternura. No es menor que en un año marcado por debates sobre políticas culturales, memoria y territorio, el reconocimiento recaiga en un libro que mira hacia lo corporal como lugar de verdad y conflicto. La poesía mexicana reciente, que ha cuestionado insistentemente la herida social, encuentra en este poemario una continuación lúcida: un texto que dialoga con López Velarde, sí, pero también con las escrituras híbridas y fragmentarias que han marcado el pulso de la última década.
Firmado bajo el seudónimo “El Gallo de Oro”, Crianza natural lleva la tradición del relato poético a una zona límite, donde la vida y la destrucción se tocan sin alegoría. En sus páginas, lo natural deja de ser idilio; es más bien una fuerza ambigua, un espacio donde los instintos, los afectos y la violencia se decantan en imágenes que no buscan consuelo, sino lucidez. La obra desmantela así el romanticismo tardío que aún intenta asociar naturaleza con pureza, y coloca en su lugar una poética más cercana al rito, a la grieta, a la sombra que respira detrás de las cosas.
La trayectoria de Lázaro Izael permite entender esta apuesta. Formado en Letras Hispánicas por la UANL y con estudios de guion en el CCC, su escritura se mueve con soltura entre lo cinematográfico y lo lírico. No escribe desde la decoración técnica, sino desde una ética del gesto mínimo: una madre que observa, un animal que irrumpe, un paisaje rural que se vuelve interrogación. Esa sensibilidad se percibe en sus libros anteriores —Mamá, el campo (2023), Matunuk, 1950 (2024), Envilecidas como hienas miramos la espesura de ese cielo (2019/2023), Gallo, el planeta estalla (2024)— y se afianza en este nuevo trabajo como una marca clara de su voz.
Su formación en talleres como la Fundación para las Letras Mexicanas, así como los premios que ha recibido en los últimos años, no hablan de un ascenso súbito, sino de una disciplina sostenida. Izael pertenece a ese grupo de jóvenes escritores que han comprendido que la poesía no es un método de ornamentación, sino una forma de pensamiento.
Leer a este autor es internarse en una poética donde el cuerpo funciona como archivo: allí se inscriben la violencia, los afectos, los miedos, pero también lo sagrado. No un sagrado trascendente, sino uno que emerge de lo cotidiano y sus restos: la carne que tiembla, la respiración que duda, la infancia que insiste. Los elementos místicos que aparecen no buscan elevar, sino devolver agencia a aquello que suele estar en los márgenes: lo animal, lo rural, lo femenino, lo ominoso. En este sentido, el libro dialoga con una línea poderosa de la poesía mexicana reciente que revisita el mito desde lo doméstico y lo convierte en herramienta crítica.
La mezcla de prosa y verso, lejos de ser un simple recurso, encarna la fractura del sujeto contemporáneo. El libro piensa con el ritmo, pero también con el corte y el silencio. Esa respiración entrecortada se vuelve una forma de leer el mundo: no en continuidad, sino en umbrales.
El premio que recibe el poemario no sólo reconoce la calidad de una obra puntual, sino que evidencia una tendencia: la poesía mexicana está desplazando sus centros de gravedad hacia escrituras que piensan desde los bordes, desde lo vulnerable y lo ambiguo. No es casual que la entrega se celebre en el marco del 18º Festival Internacional de Poesía Ramón López Velarde, dedicado a José de Jesús Sampedro, figura clave de la literatura zacatecana que entendió la poesía como acto vital y político.
Lázaro Izael no es únicamente una nueva voz. Es un recordatorio de que la poesía sigue siendo un espacio para pensar lo que todavía no sabemos decir. Crianza natural no es un libro sobre el cuerpo: es un libro donde el cuerpo piensa, donde el temblor se vuelve conocimiento y donde la luz sólo aparece si uno se atreve a atravesar la herida.
En tiempos de incertidumbre cultural, esa lucidez —honda, feroz, sin concesiones— es quizá la forma más urgente de esperanza.