Fotografía: Verónica G. Arredondo
VERÓNICA G. ARREDONDO
Quiero compartirte que me alegra mucho que este año el especial de El Mechero esté dedicado a la memoria de Uriel Martínez. Siento que nuestra amistad fue breve, en la medida en que ocurrió precisamente durante los últimos años de su vida.
Para mí fue un regalo que no me esperaba ni de cerca. Claro que no se dio de inmediato ni en un primer momento. Pienso que él era bastante desconfiado, o no sé si también habrá tenido algo que ver ser géminis, además de que lo que más odiaba era celebrar su cumpleaños o que le recordaran que era su cumpleaños.
Entonces, ante muchas de las reticencias que tenía frente a la vida, jamás me esperé que me brindara su amistad. Empezamos a compartir mensajes, a coincidir.
Él, a menudo, o muy frecuentemente, mejor dicho, me compartía las publicaciones que realizaba en La Azotea, comentarios que también tenía hacia otras personas, de una manera crítica, sin ningún filtro, lo cual a menudo le restaba invitaciones y amistades, además de que lo hacía en un tono bastante irónico.
Recuerdo que, cuando lo conocí, lo primero que pensé fue que en ningún momento podría tomar alguno de estos comentarios como algo personal, porque nos íbamos a enemistar de la nada o por nada. Entonces, lo único que tenía que hacer era escuchar, y fue lo que hice.
Recuerdo también que, cuando coincidíamos en las mesas de diversidad, siempre me decía: “Ay, los poetas maruchan”, con un cierto dejo de, como diciendo, “ay, pobrecitos”. Más allá de decir “estas generaciones” o “están morros”, porque ni siquiera el comentario iba por ahí.
Yo le decía que mi maestro, Javier Acosta, afirmaba que hay dos tipos de poetas: los poetas cool y los poetas Kool-Aid. Sabemos que la preparación de esta bebida es sumamente sencilla: agua, la jarra, y el color y el sabor aparecen de inmediato. Entonces, más bien, él se refería a esto, a esa estética de poetas que consideraba express.
Recuerdo también que, de hecho, la última conversación que tuvimos fue en el Café Don Quijote. Él hablaba muy bien del dueño, porque me comentaba que todos los días le preparaban un té de hojas de aguacate para alguna afección física, y desayunaba ahí.
Esa vez le contaba que a mí no me salía el arroz integral, y me dio todos los tips, o la receta ideal, para lograr que no quedara ni tan duro ni tan seco, algo que en algún momento comprobé. Recuerdo que ese día salió de la librería caminando hacia los portales, por el Congreso, y lo vi irse.
Para ese momento ya me sentía afortunada y agradecida de su confianza, porque después de mucho tiempo, o años, de intercambiar mensajes de manera virtual, estos se habían convertido en citas para ir al café durante tres horas.
Me contaba muy buena parte del chisme literario. Nuestras pláticas terminaban también en una ironía o derivaban hacia temas relacionados con supersticiones, o las supersticiones entre los autores. Pero siempre estaba presente una crítica bastante consciente. Él, como lector, hablaba de los poetas que ambos considerábamos un prodigio, por así decirlo, o de esas poéticas que simplemente nos gustaba leer, y de otras que nos parecían más maruchan o Kool-Aid.
De los últimos mensajes que me compartió Uriel, uno era sobre una tradición en Oaxaca, donde las familias de los desaparecidos cocinaban los platillos favoritos de sus hijas o de sus ausentes para hacerlos volver, o pensar que, de alguna manera, como sucede en la tradición del Día de Muertos, esos sabores, esos aromas o ese recuerdo podían hacerlos regresar a casa.
Ese fue uno de los últimos mensajes que recibí. Ya había empezado la pandemia y, aun así, seguíamos coincidiendo, aunque fuera con cubrebocas y la distancia necesaria.
Fue bastante sorpresivo cuando Alberto me comentó que Uriel había fallecido. Posiblemente aún no sabemos por qué. No sé si fue el diálogo con la soledad. No sabemos tampoco si fue algo que él planeó en algún momento.
Solo sentí que, después de la pandemia, en su misma manera de ver el mundo —irónica y bastante pesimista—, tal vez hubo algo, no lo sé, en ese punto central de la pandemia, donde prefirió partir o decidió ya hacerlo. Pienso o lo imagino como cuando ya hemos tenido suficiente de un programa de televisión, cuando has cambiado muchas veces de canal y te das cuenta de que es mejor apagarla e ir a descansar. No lo sé.
Recuerdo que no pude ir a su funeral. Ese día me escribió su sobrina. Se dio cuenta de todos los mensajes que teníamos y pensó que para mí era importante contar con la información del velorio en Tepetongo para poder estar ahí.
Recuerdo que ese día yo estaba buscando casa. Ya sabía la noticia, pero no podía ir a Tepetongo. Y justo en ese momento encontré el anuncio de la casa donde vivo ahora.
De alguna manera pensé, no sé, ni siquiera sé cómo explicarlo, pero recuerdo que cada vez que lo veía me decía: “¿Ya encontraste casa? ¿Ya encontraste casa?”.
Y de repente recordé eso y pensé: “Mira”. Sin siquiera ver la casa o conocerla todavía.
Entonces, un día después de su funeral, Javier Cortez y Sara Goaër me acompañaron a llevarle salvia blanca y tabaco para despedirlo. Como una forma de agradecimiento estuvimos leyendo un par de sus prosas de el libro de Los cuervos.
Meses después llegó Alberto con Romeo a la casa y hablamos un poco de Uriel en la entrada.
Uriel jugaba mucho con el nombre de Romeo, con un cierto coqueteo, por así decirlo, o haciendo alusión a Romeo y Julieta. Decía que Romeo atendía la librería Don Quijote y que Julieta iba a tomar té de hoja de aguacate por la mañana. Luego llegaba la novia de Romeo y, según decía Uriel, se sentía un poco celosa de que él estuviera ahí.
Entonces hablamos un poco de Uriel y Romeo me dijo:
—¿Sabes, Vero? Uriel hablaba mal de todo mundo.
Y yo le respondí:
—Ah, no me digas. No te creo.
Y me dijo:
—Sí, pero de la única persona de la que nunca habló mal fue de ti. Se expresaba maravillosamente de ti y te quería mucho.
En ese momento no sabía lo entrañable que había sido la relación para él.
Y cada vez que, por algún viaje, paso por Tepetongo, siempre procuro mirar hacia el panteón y encender imaginariamente esa salvia blanca (que tanto le gustaba) para saludarlo, así como también darle la bienvenida cada año al altar de la casa.

